martes, 12 de marzo de 2013

La inapetencia de los depredadores

Qué caprichosos son estos peces; ahora sí, ahora no, o todos a la vez, o ninguno, o uno, o dos, ...

Los peces depredadores (trataré pricipalmente del lucio, black bass y trucha) presentan para el pescador un gran reto al perseguir su captura. Son especies que se encuentran en escalones altos de la pirámide de alimentación, perfectamente preparados para depredar sobre otros seres vivos, peces, anfibios, etc.


Voy a aislar el problema de la pesca sobre estas especies en lo que denomino "apetencia".

La apetencia, las ganas de comer, de predación, es lo que va a marcar la disponibilidad y facilidad de pesca en estas especies. Va a condicionar la localización, el tipo de pesca, el señuelo, todo.
Es decir, si los peces están activos se dispondrán en actitud de caza, en puestos con afluencia de comida, cerca de orillas, deambulando, en superficie,... Podremos utilizar señuelos ruidosos, rápidos, voluminosos, agresivos,... Las técnicas serán casi todas válidas, todas son eficaces y capturarán sus peces. Pero cuando tenemos un problema de apetencia (la mayoría del tiempo) las cosas se complican y es cuando entra en juego el papel del PESCADOR-SEDUCTOR.


Nos enfrentamos ante peces "vagos"; incapaces de esforzarse en avalanzarse sobre los señuelos, así que la premisa fundamental siempre va a ser la velocidad, en este caso la lentitud. Ni que decir tiene que tenemos ante todo que presentárselo cerca, eso quiere decir muchas veces a la profundidad adecuada, y generalmente pegado al fondo. Hay que ponerselo fácil fácil, provocar su reacción, ponérselo en bandeja: -¡atácame!.
 
Realizaremos largas pausas irritantes, recogidas lentísimas sacando el máximo partido a la acción del señuelo; exploraremos con paciencia aquellos lugares de descanso de estos peces.
 
Parada, tirón, pausa, pausa, tirón, tirón, pausa, pausa, paus..tiró... zassssss...!!!
Una anécdota ilustrativa de este concepto me sucedió pescando lucios en el río Carrión. Era invierno, Enero, el caudal del río se encontraba bajo, claro y con mínima temperatura. Todo parecía muerto, como mis manos agarrotadas por el frío; es de las pocas circunstancias en las que aguanto pescando con guantes. Pescaba selectivamente las masas de agua más profundas y lentas, los pozos más grandes que forma el río. Nada de aire, nada de ruido, parece que el frío congelara cualquier movimiento. No recuerdo los lances que efectué. Llevaba un equipo de trucha, con un pez de unos 7 centímetros, de profundidad y sin terminal de acero. Me recreaba en el lance, me recreaba en la recogida; el fino sedal que recogía rompía la película superficial del agua dibujando a un lado y a otro pequeños quiebros que se alejaban de la trayectoria y se desvanecían. Al ser el fondo limpio podía ejecutar bastantes paradas, pequeños tirones y grandes pausas. En uno de los lances, observando la natación del señuelo, un buen lucio se situó detrás de él a escasos centímetros como incapaz de alcanzar un señuelo casi estático. Ya estaba en la orilla y el señuelo y él estaban posados en el fondo, uno a continuación del otro, pegados. Otras veces hubiera realizado un movimiento en forma de 8 para darle más recorrido al señuelo, pero esta vez la intuición me hizo permanecer estático, con el señuelo descansando en el fondo. No recuerdo los segundos que estuvimos inertes lucio, señuelo y yo; fueron unos cuantos. Y con movimiento adormilado el lucio recorrió unos pocos centímetros con una mínima absorción de ese pequeño bocadito. No me lo podía creer. Un tirón sostenido hacia arriba y desperté a la bestia. Tenía sueño, pero espabiló rápido. Recorrió todo el pozo sacando línea. Para mi fue como luchar contra una gran trucha, y no dejaba de recordar que no llevaba terminal y podía cortarme en cualquier momento. Y de repente se dejó mecer, con pequeñas sacudidas pero débilmente, y pude traerlo forzando la caña hasta mis pies. Llevaba el pez grapándole la comisura de la boca. ¡Una suerte para mí!